15 Bajando el Río Santa Cruz en Kayaks

Dicen los lugareños que nunca antes un grupo de 15 kayakistas habían navegado el rio Santa Cruz en toda su extensión desde Charles Fuhrs hasta la isla Pavón. Decían los expertos que era una locura que hagamos este viaje en cuatro días, recorriendo ochenta kilómetros por día, sin un guía o alguien que conociese el rio. Si sabíamos que, el tercer rio más caudaloso de argentina, en poco tiempo no podrá ser mas remado en toda su extensión por la represa que comenzara a construirse en poco tiempo, que fue descubierto por la expedición de Magallanes en 1520, que Darwin, junto a Fitz Roy, lo ascendieron en 1834 sin haber llegado al lago argentino, que Perito Moreno lo navegó en toda su extensión en veinte y tres  horas después de un mes de penoso ascenso, comenzando el descenso el 16 de marzo de 1877. Ciento treinta y un años después, un 13 de marzo, nosotros comenzábamos esta aventura que algunos la soñaban hace años, la planificábamos durante muchos meses, armando la logística, entrenando, estudiando y mentalizándonos para superar todas las adversidades con las que pudiéramos encontrarnos.

El jueves amaneció frio, muy frio, mucho más frio, para nosotros, porteños, venidos del calor de Buenos Aires. Seis y media de la mañana la excitación genero que muchos ya estuviesen despiertos desayunando todavía en una noche oscura. El rio nos había transmitido toda su adrenalina ayer, cuando llegamos al campamento, en Charles Fuhrs, a cuarenta kilómetros de Calafate. La velocidad del agua nos sorprendió, cinco, siete, diez kilómetros por hora? Era nuestra incógnita para ese día al ingresar al rio. Como responderán nuestros kayaks dobles, bien angostos, en semejante corriente? El cordero de la noche nos acompaño en estas reflexiones, entre cuento y cuento.

Nueve y media de la mañana, después de la ceremonia de armado de los kayaks, estábamos en el agua, siete kayaks dobles, uno single, montado por Juan Larrague. Noventa, cien, ciento veinte kilómetros? No sabíamos exactamente cuantos teníamos por delante en este primer día, que amanecía con un sol increíble, y, lentamente, se intuía que la temperatura iría subiendo, aunque estábamos abrigados hasta los dientes. Nunca habíamos remado semejante distancia en un día, y esto generaba respeto. Nunca habíamos remado en un rio tan veloz, y esto generaba más respeto, más aun, teniendo en cuenta la temperatura del agua, alimentada por los glaciares Perito Moreno, Upsala y otros tantos. Aun así, el rio nos recibió con una generosidad infinita. El viento tan temido, calmo casi todo el día, el agua un espejo, que igual exigía no confiarse, por los remolinos, y los mini rápidos, que íbamos encontrando en el trayecto. El primero de ellos que pasamos  sentimos que nos temblaban las rodillas, mientras manteníamos el equilibrio, como así también cuando atravesábamos un remolinos y una fuerza misteriosa desde el fondo del rio movía la base de nuestras embarcaciones. En las islitas de canto rodado que se forman en el rio, que estaba en un máximo de caudal, hicimos una primera parada, sufriendo la primera tumbada, de Pablo Del Fanco y Mariano Robles, siendo traicionados por la velocidad del agua, que al enganchar el bote con una plantas, lo giró de costado y lo tumbó. Agua fría, ropa adecuada, tumbada en la orilla, buen susto, pero ningún problema.

Luego de cincuenta extenuantes kilómetros paramos a almorzar. Los primeros guanacos y ñandúes excitaron nuestros ojos, junto a esos paisajes de horizontes infinitos, cielos interminables, cubriendo la estepa de vegetación prácticamente inexistente, y construcciones del hombre aisladas en miles de kilómetros. La velocidad del rio que oscilaba entre seis y ocho kilómetros por hora, llegando en algunos casos a doce, invitaba, en algunas ocasiones, a juntar los botes y dejarnos llevar por el agua (floating). Así fuimos cubriendo estos primeros cien kilómetros, durante nueve horas y media, de las cuales remamos ocho horas. Cóndor Cliff, un oasis de vegetación dentro de este desierto, nos esperaba con un fenomenal campamento, armado por Miguel Garrido y su gente.

El espíritu liviano después de la primera etapa que completábamos con gran éxito.  Sueño profundo en las cinco carpas, para empezar un nuevo día a las siete y media con un día nublado, dando la impresión que sería ventoso. Lloverá? Menos frio que ayer. El campamento  había sido armado a algunos kilómetros del rio. Alistamos los kayaks y nuevamente al agua. Empezamos con ritmo sostenido, interrumpido por los floating donde disfrutábamos de la velocidad del agua. El timón de Martin Caminos y Fede Sisto se rompe, y Fede hace una improvisada reparación con cabo y alambre. Después de cincuenta kilómetros, encontramos uno más de los inimaginables lugares que plagan esta zona del mundo, de una belleza distinta, con montañas sin vegetación y sin altura, rodeando el reservorio de agua dulce, color turquesa que empalaga, sobre costas marrones, con limitadísima presencia de cualquier tipo de vida, sin siquiera de aves. En la bahía ‘De los Fósiles’  nos encontramos con un valle totalmente vació de vegetación, con varios cerros de arenisca con formas increíbles. Disfrutamos de un almuerzo inolvidable, con treking y conversaciones inacabables. Setenta kilómetros fueron este segundo día, durante ocho horas de las cuales estuvimos en el agua seis. El campamento fue armado en la estancia La Barrancosa, durmiendo dentro de un galpón de esquila, abandonado hace quince años. El ruido del agua dentro del silencio más profundo, jamás escuchado,  son el marco perfecto para la contemplación y valorar cada segundo de esta increíble aventura. Por la noche descubrimos el sabor del ñandú durante el memorable asado a la vera del rio.  Dormimos placenteramente acompañados por el olor residual de la lana.

Nos despertamos, con los músculos haciendo recordar el cansancio acumulado, nuevamente bien temprano, ya que de esta forma evitamos el viento que generalmente se intensifica por la tarde. La lluvia bajo un cielo bien negro invitaba a no salir de la bolsa de dormir. Desayunamos bajo una tenue llovizna y, luego de todos los preparativos, que consistían en preparar Gatorade, un preparado de leche con proteínas, surtirnos de barras energéticas, geles, huevos duros, mucha fruta, algún alfajor Havana, caramelos. Para luego acomodar todo esto en el kayak, junto a la muda de ropa seca, dentro de una bolsa estanca, con la cual siempre hay que salir a remar, mas elementos de seguridad como manta térmica, bengala, bomba de achique, espejo de señales, saco vivac, cuerdas de rescate, salvavidas, silbato, etc.

Estábamos nuevamente en el agua, en nuestras cajitas de fibra amarillas, maravillosamente construidas por Gustavo Fellman, que se habían convertido en nuestro hogar diurno. El sol, dejo atrás la lluvia matinal, anticipaba el día mas calurosa del viaje. Por ello nos vestimos con la remera oficial y calzas, mientras hasta ahora la mayoría salía con traje de neopreno long john, mas una jaqueta de neopreno, y una campera rompevientos, u otros con pantalones y camperas secas especiales para la ocasión. El sol empezó a calentar, dándole a rio el mismo color del cielo. Los paisajes cada vez más atractivos dentro de la diversidad que se va encontrando en la similitud. Los guanacos, los vimos más cerca; los remolinos, mas grandes. El floating, o la remada con ritmo, con algunas carreritas. La conversación distendida dentro del kayak, o juntándonos con otro kayak, sin tiempo ni espacio. Almorzamos en una estancia, nuevamente sin gente, donde encontramos una mesa y sillas, nuestros sándwiches de peceto, recordando historias de carreras.

La risa acompaña al grupo en todo momento escuchándose a cientos de kilómetros por el silencio abrumador. Silencio que no conoce el sonido de los pájaros, ni de animales, y en algunos casos, ni siquiera del agua; silencio que solo es interrumpido por el viento, que por ahora nos ha visitado muy esporádicamente; silencio que permite escuchar el gaseoso sonido de las piedras que son empujas por la corriente sobre el lecho del rio. Entramos en una zona donde el rio estaba bastante picado, con olas y rápidos, que siempre imponían respeto, pero también mucha diversión. Los 65 kilómetros del día de hoy terminaron en la estancia.  Los Plateados, los kayaks los dejamos en una pequeña entrada del río, que nos permitió gracias a la hora, y a la tranquilidad de sus aguas, darnos el primer baño del viaje.

Las carpas, bajo un monte de Alamos rodeados de agua, que nos regalaban nuevamente un ámbito espectacular donde pasar nuestra cuarta y última noche. El té como siempre alimentando a quince desaforados después de seis horas y media de travesía. La comida de la noche nos encontró con la emoción de estar comenzando el último día de nuestra aventura. El sentimiento de agradecimiento por lo que estábamos viviendo, sintiendo en nuestra piel la Patagonia Austral, tal como la vivieron aquellos patriotas pioneros que permitieron que estas tierras sean argentinas, recordando también  a quienes no pudieron acompañarnos.

Temprano salimos el domingo. El sol que asomaba frente a nosotros dirigiéndonos al este en un día seminublado, coloreaba al rio más turquesa que nunca. El ritmo fue el más intenso de los cuatro días, haciendo un promedio de quince kilómetros por hora durante las primeras dos. En muchos había muestras de cansancio, pero cuanto más nos acercábamos a nuestro tantas veces imaginado y mítico objetivo, la isla Pavón, cada paleada se disfrutaba con mayor intensidad, como aceptando que seguramente, nunca más navegaremos por estas aguas. A esa velocidad los kilómetros se acumulaban con gran rapidez. El almuerzo en el puesto Rodrigo, nos regaló una vez más estos paisajes distintos pero únicos de esta zona de la Patagonia deshabitada, donde no se ve gente, ni autos, ni se escuchan voces. Las aves comenzaban a verse con mayor frecuencia, un ñandú nos acompaño, sobre la meseta que bordeaba al rio, durante algunos kilómetros mirándonos con asombro y desconfianza. Algunos remolinos profundos pusieron un poco de escozor, principalmente cuando el kayak  simple, mucho más pequeño, fue chupado, y se hundió hasta la mitad, antes de que saliera despedido hacia arriba, afortunadamente sin producir una «tumbada» en una zona peligrosa.

Sesenta kilómetros ya llevábamos y se olía el sabor a la victoria, nos juntábamos y desjuntábamos, un malabarismo de Pablito parándose en el kayak, una guerra de agua de kayak contra kayak, demuestra que, temporariamente, le perdemos el respeto al rio. El sol calentaba nuestros cuerpos, la emoción de lo que estábamos logrando, nuestros corazones. La vegetación, traída de la mano del hombre, comenzaba a colorear la estepa, cambiando el paisaje. Llegamos a donde el rio empieza a tener brazos por entre pequeñas islas, y se nos presenta el puente de la ruta 3 que lo cruza. Los cantos se confundían con los pensamientos de cada uno de nosotros, en los que no queríamos que este momento mágico se extinga, pero tampoco veíamos la hora de compartir esta, nuestra pequeña hazaña, con nuestros seres queridos.

La isla Pavón dijo presente, a toda velocidad encaramos hacia la playita de la hostería de la isla. Los quince saltamos de los kayaks simultáneamente para tocar tierra, para abrazarnos como habiendo conquistado la copa del mundo. Al agua! fue el grito conjunto, para agradecerle al rio lo bien que nos recibió, los días que nos regalo, la experiencia que nos marco, y allí estábamos empapados, dentro el agua helada, pero con el corazón caliente, cantando y saltando, inmortalizando el momento. Ya se acaba, o ya se acabó, pero ahora cada imagen de esta inolvidable historia empezará a inundar nuestra cabeza, una y otra vez, principalmente la imagen de soñar el viaje, entrenar duro, animarnos, subirnos a los botes con un rio que volaba, respetarlo para que no tuviésemos ningún accidente, y por sobre todo formar un grupo único donde quince personalidades se adaptan al todo de forma tal que nunca hubo ni un si ni un no, y cada segundo, a pesar de las distintas exigencias, fue regado con sonrisas y risas interminables.

Juan Larrague, German Pando, Marcos Fernandez Gorgola, Palico Mille, Pinco Benitez Cruz, Pablo del Franco, Albert y Fer Beunza, Mariano Robles, Guillo Dietrich, BloBlo Eiras, Martin Caminos, Charlie Christensen, Federico Sisto y Jefe Tagle formamos parte de esta expedición.

Guillo Dietrich

Marzo 2008

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